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ENTREVISTAS


La reedición
de Cosa de negros
y la publicación de un nuevo libro: dos buenas excusas para un
encuentro con Washington Cucurto.
Entrevista Matías Capelli / Foto Alejandro Guyot
Cuando
se enciende el grabador y empieza a hablar, Washington Cucurto apila palabras
que no terminan de articularse del todo como frases, aunque algunas tengan
el peso específico de un párrafo completo. Como si, apresurado
y saltarín, fuera tomando sus ideas de un zanjón literario
en el que conviven, flotando, la fascinación por los blogs con
los libros de cartón, la devoción por ciertos escritores
con el desprecio por otros. Pero basta repreguntar para que reconozca
que, en realidad, apenas si lee los blogs de dos o tres amigos; basta
descubrir la picardía con la que remata sus afirmaciones más
polémicas para recordar que Cucurto es, antes que nada, un personaje,
un artificio creado por Santiago Vega. Y entonces todo queda en suspenso.
Menos la certeza de que, con el tiempo, los límites entre uno y
otro se volvieron cada vez más difusos, como si Cucurto hubiera
ido copando todos los resquicios por lo que respiraba el escritor, como
si Vega se hubiera dejado estar por pereza o comodidad, como si se hubiera
olvidado de mantener las formas. Tampoco es tan importante; todo escritor
resulta ser, en el fondo, su propio personaje. Audaz, chapucero y desmesurado,
por momentos entrañable, por momentos exasperante: quizá
alguna vez llegue el momento en el que, para dejar las cosas en claro,
Santiago Vega escriba su “Cucurto y yo”. Mientras tanto, esto
es lo que hay.
ENTREVISTA>
El curandero del amor es el tercer libro
que publicás en menos de un año, y encima por una editorial
grande. ¿Cómo estás viviendo este momento?
Washington Cucurto: Recontento, más con lo difícil
que es editar acá. Igual, antes había estado bastante sin
publicar, nadie me proponía nada. Eso cambió a partir de
Cosa de negros (03) (www.interzona.com),
que ahora parece van a traducir al portugués. Y lo de Planeta estuvo
buenísimo, nunca había estado en una editorial tan grande.
Igual, todavía no sé bien de qué se trata.
Además
estuviste viviendo en Alemania varios meses por una beca para escritores.
¿Cómo fue la experiencia?
La segunda novelita de El curandero… (www.emece.com.ar)
es una historia bastante delirante sobre el Tercer Reich que escribí
allá. Estuvo bueno, pero me volví antes, me terminé
aburriendo un poco. Además hacía mucho frío.
Empezaste escribiendo más que nada
poesía, pero ahora estás completamente abocado a la narrativa.
¿Por qué el cambio?
Cuando salió Cosa de negros me di cuenta de que la narrativa
llamaba más la atención, gustaba más. Entonces me
dediqué a escribir narrativa y cada vez menos poesía. Ahora
estoy volviendo, de a poco. Lo que pasa es que para escribir poesía
hay que poner una energía especial. Requiere más trabajo,
más fuerza, más dedicación. Me terminé tirando
a una cosa más liviana. Aunque mis libros de poesía también
son bastante livianos. Lo mío es como una protoliteratura, porque
no cumple con todos los requisitos para llegar a serlo.
¿Y cuál es tu idea de la literatura?
Para mí, la literatura es un entretenimiento; el día que
me aburra no escribo más. Ya para trabajo tengo mi laburo. La “alta”
literatura me aburre. No me gusta cuando se la pone por delante de la
vida, cuando cobra un valor trascendental. Prefiero algo más precario.
No tratar de escribir superbien, sino buscar una voz propia y trabajar
desde otro lugar, una cosa más de pastiche. Esa liviandad me permite
meter en juego otras cosas, desde otro lugar. En general escribo rápido,
en poco tiempo… También así quedan después
los libros, ¿no? (risas).
En Cosa de negros, sin embargo,
se percibe una influencia de la poesía, cierta electricidad entre
las palabras, una prosa saltarina…
Sí, puede ser… Era un texto más barroco, bastante
poético, con muchos juegos de palabras. Ahora mis libros tienen
un lenguaje más llano, más transparente. Pero también
tiene que ver con no quedarte en una forma establecida, en la misma manera
de contar. El curandero… tiene un sistema de escritura,
por así decirlo, mucho más prolijo y ordenado.
En Las Aventuras… también
volviste a publicar Zelarayán, tu primer libro…
Sí, un homenaje a Ricardo Zelarayán, un poeta que me gusta
mucho. Cuando lo leía de joven me sentía muy identificado.
“Yo también puedo escribir algo así”,
pensé. Ahí se me encendió la lamparita y dejé
de ser repositor de supermercado para ponerme a escribir sobre eso. Y
también es una parodia a ese cuento de Borges “Borges y yo”,
que me parece una paparruchada total. Borges era un chorro, era bastante
berreta, ¿no? Sus primeros poemas me gustan, pero después
se pone muy rebuscado. Pero no se puede hablar mal de Borges, porque después
se recontra enojan mal.
En la contratapa de El curandero…
aparecen comentarios sobre tus libros que fueron apareciendo en blogs.
¿Qué pensás de los blogs?
Me parece de lo más interesante que le pasó a la literatura
en mucho tiempo. Eso de escribir rápido, en el momento, de alguna
manera tiene mucho que ver con la forma en la que escribo yo, sin preocuparme
demasiado. Siempre aspiré a ese tipo de escritura medio automática.
Pero los bloggers me dejaron atrás hace mil años. Yo todavía
tengo una relación con la literatura, con los libros. En el fondo
sigo siendo formal, vengo de la literatura. Los bloggers no: son el fin
de la literatura. Con los bloggers, a Aira se le cayó el futuro
encima…
Lo terminan corriendo por izquierda…
Claro, se acabó todo: se acabó Aira, se acabó Piglia…
Aira nunca va a poder escribir como un blogger. Son otros parámetros,
otros registros, otra inmediatez. Hay blogs que son increíbles,
son libros. No son cosas distintas: es el mismo espacio: el espacio del
lenguaje y lo que se hace con el lenguaje. El instrumento es el mismo.
//
EL CURANDERO DEL AMOR (Emecé), 212
páginas.
COSA DE NEGROS (Interzona), 174 páginas.
Podés leer la nota completa sobre
Washington Cucurto en Los Inrockuptibles #110 (Diciembre-06)
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